El verano en Madrid tiene un carácter único que no se encuentra en ninguna otra ciudad de España. Sus calles solitarias, ardiendo bajo el intenso calor de agosto, sus plazas llenas de vida durante las fiestas populares, y la tranquilidad que se vive en los municipios de la sierra convierten a la capital en un escenario único para contar historias veraniegas. Esa combinación entre el asfalto incandescente, los planes improvisados y las tradiciones centenarias han inspirado a cineastas de distintas generaciones, que han sabido capturar tanto la atmósfera de la ciudad como el efecto del verano sobre quienes permanecen en ella, ya sea por trabajo, rutina o simplemente azar.
Más allá de la sofocante sensación del calor y de las calles deshabitadas, el verano madrileño no solo se aprecia en el contraste entre el bullicio de los barrios populares y la soledad de los oficinistas que se quedan en la ciudad, sino también en cómo se perciben los personajes frente al calor y a ese vacío temporal. Películas como Vacaciones de verano (2023), dirigida por Santiago Segura, juegan con esta idea de la capital vacía, aunque solo durante el arranque del filme. La historia de la película sigue a dos amigos divorciados, interpretados por Segura y Leo Harlem, que pierden su trabajo y se ven obligados a aceptar un empleo temporal como animadores infantiles en un hotel de lujo en Tenerife, donde ambos deberán ir acompañados de sus hijos, de quienes tienen la custodia durante el mes de agosto. Sin embargo, antes de empezar sus aventuras en las Canarias, Segura rodó el comienzo de la película en distintas localizaciones madrileñas.

Del mismo modo ocurre en La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, donde el verano se percibe en esta ocasión a través de la mirada de Eva, una joven que decide quedarse en Madrid durante las clásicas fiestas de San Lorenzo y La Paloma. Trueba nos lleva desde Lavapiés hasta La Latina, mostrando lugares icónicos de la geografía madrileña como el Viaducto de Segovia, la Calle Bailén, el Museo Arqueológico Nacional, la Plaza de Cascorro, Ronda de Toledo, Las Vistillas y la Plaza Gabriel Miró, consiguiendo transmitir esa sensación particular que se vive en una capital aparentemente vacía, pero que sin embargos está llena de inesperados encuentros y paseos nocturnos.

La melancolía de quedarse atrás mientras el resto se marchan de vacaciones es también el eje de Cuento de verano (2015), dirigida por Carlos Dorrego, donde su protagonista, Mario, se encuentra solo en una ciudad desierta con un brazo roto tras una reciente ruptura amorosa. Dorrego aprovecha el calor y la soledad de Madrid para construir un verano íntimo y pausado, donde las calles y sus plazas vacías reflejan el estado emocional del protagonista.

No obstante, la representación de la época estival de Madrid en la gran pantalla puede convivir con acontecimientos y fechas históricas, tal y como demuestra La gran familia española (2013), dirigida por Daniel Sánchez Arévalo, cuya trama está ambientada durante una boda que coincide con la final del Mundial de 2010 en Sudáfrica. La película, que mezcla humor, drama familiar y pasión futbolística, fue rodada en diferentes localizaciones de municipios como Guadalix de la Sierra, Somosierra y San Agustín de Guadalix, ubicados todos ellos en plena sierra madrileña.

Por su parte, el reputado director manchego Pedro Almodóvar también supo sacar partido al verano madrileño en Volver (2006), filme que se rodó de manera íntegra entre julio y septiembre del año 2005 en diferentes distritos como el Centro, el Puente de Vallecas y Barajas, destacando localizaciones como la Calle Tenerife, la Calle Bravo Murillo, el Aeropuerto de Madrid-Barajas, la Calle Garganta de Aisa, la Calle Peña Labra o la Calle de Pico de la Peña Golosa, que aportan un aire veraniego a la narrativa, incluso cuando la trama no gira explícitamente en torno a la estación estival.

La sensación de un agosto tórrido y lleno de encuentros fortuitos también se puede vislumbrar de manera clara en Canícula (2002), dirigida por Álvaro García-Capelo, cuya narrativa, centrada en las historias cruzadas de personajes que no pueden escapar de la capital durante el verano, nos lleva a recorrer emplazamientos tan icónicos como el Viaducto de Segovia. De manera similar ocurre en Lucía y el sexo (2001), de Julio Medem, donde se utiliza Madrid como punto de partida de una historia más amplia, ya que las escenas rodadas en el distrito Centro, que incluyen localizaciones como Las Vistillas y la Calle Quiñones, así como las plazas de los Carros, del Emperador Carlos V, de las Comendadoras y de Chueca, transmiten la inconfundible sensación del Madrid veraniego, pese a que la protagonista pronto la abandona para viajar a Formentera.

El verano en Madrid también puede ser escenario de dramas adolescentes y del desarraigo urbano. Barrio (1998), dirigida por Fernando León de Aranoa, sigue la vida de tres adolescentes pertenecientes a un barrio de extrarradio durante un caluroso verano. Las escenas fueron rodadas fundamentalmente en barrios como San Blas, La Elipa o Tetuán, y en ellas aparecen calles como la Avenida de las Águilas y la Avenida de la Aviación. En esta misma línea, Historias del Kronen (1995), de Montxo Armendáriz, retrata un verano de desfase juvenil en Madrid, en la que las aventuras adolescentes tienen lugar en localizaciones como el complejo AZCA, el ya desaparecido garito de rock El Templo del Gato, o el puente elevado de Eduardo Dato, donde tiene lugar la famosa escena en la que los jóvenes protagonistas se quedan suspendidos colgando sobre el tráfico.

En esta terna de películas también hay cabida para aquellas que combinan la ambientación veraniega con la memoria histórica, tal y como se puede ver en Las bicicletas son para el verano (1984), dirigida por Jaime Chávarri. El filme, ambientado en julio de 1936, justo después del golpe de estado que dio inicio a la Guerra Civil española, se rodó en diferentes distritos como el Centro, El Retiro y La Latina, así como algunas tomas en los aledaños del Palacio Real, destacando localizaciones como la Cuesta de Moyano, el Paseo del Prado, la Calle Toledo, la Basílica de San Francisco el Grande, el Parque de la Cornisa, la Plaza de la Independencia, la Plaza de Puerta de Moros, la Plaza de la Paja, además de calles como Príncipe Anglona, Redondilla, Humilladero o Rosario, que permiten que la ciudad se perciba como un personaje más.

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, en la década de los 60, podemos observar como el tópico del oficinista que se queda trabajando durante el verano en la capital mientras su familia se marcha de vacaciones a la playa tuvo un gran éxito, gracias a comedias como 40 grados a la sombra (1967), dirigida por Mariano Ozores, que aborda varias historias cruzadas que tienen lugar durante la época estival, varias de ellas ambientadas en la Comunidad de Madrid, como la de Jacinto, que se ha quedado solo trabajando en la ciudad mientras su familia huye del calor en la playa, o Máximo, que realiza un cambio en su rutina vacacional al alquilar una casa rural en la sierra. Las escenas rodadas para estos dos segmentos tuvieron sus localizaciones en el distrito Centro y en municipios como Navacerrada y Villalba, mostrando la diferencia entre los altos bloques de oficinas y los entornos más rurales.

En este contexto, también hay que recordar el filme El cálido verano del Sr. Rodríguez (1964), de Pedro Lazaga, que anticipó el clásico concepto de “rodríguez” de la mano de José Luis López Vázquez, un hombre que debe quedarse solo trabajando en la capital, mientras que su esposa e hijos disfrutan de las vacaciones, y donde se identifican emplazamientos como la piscina del club Stella, en Arturo Soria, los aledaños del Palacio Real y el barrio de Moratalaz.

A lo largo de estas películas, la Comunidad de Madrid se ha presentado no solo como un escenario mítico del cine veraniego, sino también en un personaje en sí mismo con su propia idiosincrasia, donde sus calles vacías, los distritos periféricos y los municipios de la sierra proporcionan un telón de fondo perfecto para que cada película utilice el verano madrileño en la construcción de un universo reconocible que influya en los personajes y en el desarrollo de sus tramas.