Descubriendo los títulos de ‘Madrid en Corto’ (II): ‘Una muerte blandita’, la infancia como espejo para hablar de la muerte sin tabúes

Imagen de 'Una muerte blandita'

Hablamos con Mario Aranguren, director de Una muerte blandita, para profundizar en los entresijos de un proyecto que observa la muerte desde la honesta y sencilla mirada de la infancia.

La selección en Madrid en Corto ha supuesto un punto de inflexión para Mario Aranguren y su equipo. Más allá del reconocimiento, el director destaca el valor estratégico del programa como plataforma de difusión: “es una oportunidad de distribución que va mucho más allá que tanto si lo hiciese yo por mi cuenta o incluso con una productora”. Aranguren subraya, además, el prestigio asociado a esta iniciativa vinculada a la ECAM: “me parece que Madrid en Corto y la experiencia de la ECAM siempre va a ser un plus mucho más allá que una de las distribuidoras corrientes”.

Imagen de ‘Una muerte blandita’

La muerte, sin filtros y desde la infancia

Con un presupuesto ajustado, de alrededor de 14.200 euros, Muerte Blandita ha contado con la ayuda de producción de cortometrajes de la Comunidad de Madrid.  El proyecto nace de una premisa clara: construir una historia pequeña en medios, pero ambiciosa en su alcance conceptual. “Me gustaba mucho la idea de buscar una historia pequeñita, fácil de contar y fácil de rodar con un equipo pequeño pero que a la vez tuviese bastante alcance en cuanto al concepto”, señala, antes de añadir que la semilla que lo gestó todo fue el hecho de que su hija nació diez días después de la muerte de su padre. Algo que le hizo reflexionar sobre el ciclo vital.

El resultado es un retrato íntimo de cómo los niños enfrentan uno de los grandes tabúes sociales. “A mí me interesaba mucho asistir en directo a algo que deja una marca de por vida”, afirma el director, quien sitúa el corazón del corto en esas conversaciones espontáneas entre hijos y madres sobre la muerte. Una presencia —la de las madres— que fue muy significativa: “ves en directo la comunicación sobre un tema tan importante como la muerte, y ves cómo tanto los hijos o hijas y las madres descubren cosas en ese preciso momento”. Romper el silencio en torno a la muerte es uno de los objetivos fundamentales del proyecto. “Me interesaba mucho sobre todo romper un tabú tan extendido como la muerte”, insiste Aranguren, quien reconoce que el tema puede resultar chocante para ciertas generaciones: “hay gente que le llama mucho la atención, que le resulta chocante, que sea un cortometraje de niños hablando sobre la muerte”.

Lejos de enfoques religiosos, el director propone una mirada profundamente materialista y, a la vez, poética sobre el final de la vida. “A mí me parece que en la muerte hay una cosa muy bonita, y es cómo de alguna manera nuestros cuerpos se convierten en vida para lo que viene después”, reflexiona. Y añade: “eso de que la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma… para mí es casi como una magia”. Esa idea de ciclo vital —“ese pez que se muerde la cola”— atraviesa el cortometraje y se traduce en decisiones narrativas concretas, como el retrato de familias con distintas concepciones sobre la muerte, desde visiones religiosas hasta prácticas menos convencionales.

Uno de los mayores esfuerzos del proceso fue la selección de los protagonistas. “Realmente lo que más he trabajado en este corto ha sido el casting”, reconoce Aranguren. Su intención era reunir una amplia diversidad de perfiles, aunque no fue sencillo: “lancé la caña en muchísimas direcciones… pero recibí muy poquitas respuestas”. Aun así, el resultado busca reflejar distintas maneras de entender la muerte. Y, sobre todo, aprovechar la mirada infantil como vehículo universal. Esto se debe a que, como adultos, tenemos una perspectiva más formada de lo que es la muerte, pero los niños, en su mayoría, tardan en experimentar lo que es que un ser querido se vaya. “A un niño se le comprende mejor, no se le critica tanto”, explica, al abordar la cuestión de las muchas diferencias de percepción entre unos niños y otros. Percepciones inocentes, pero que, evidentemente, tienen un sesgo según la mirada que tengan sus familias sobre la muerte. En ese sentido, el director resume la esencia del proyecto con una idea contundente: “todos hemos sido niños y todos vamos a morir”.

Imagen de ‘Una muerte blandita’

Un cine entre la conversación y lo espontáneo

La trayectoria de Aranguren en el documental se hace evidente en su metodología. Su estilo se apoya en la entrevista entendida como diálogo abierto: “me gusta mucho que las entrevistas sean más bien una conversación”. Este enfoque, que evita el guion cerrado, permite que los protagonistas se expresen con mayor libertad: “notan esa fluidez… ven como que no es un guión cerrado y entonces ellos entran en ese mundo más abierto”. En Una Muerte Blandita, esta aproximación convive con el cine directo, aunque con una ligera intervención del director para guiar la narrativa. “Dejo que las cosas pasen de manera natural, aunque yo también les conduzca un poco”, explica, destacando la importancia de implicar a los participantes como co-creadores: “que les quede muy claro que ellos mismos también sean creadores o autores de la pieza”.

Más allá de su obra, Aranguren reflexiona sobre el lugar del cortometraje en la industria audiovisual. “Me da la sensación de que es un formato, sobre todo, para profesionales”, afirma. Y añade: “el cortometraje no es un formato que se explote para el público en general”. Sin embargo, defiende su potencia narrativa: “funciona así como un tiro, como un golpe. Y esa manera de funcionar es muy especial”. Una intensidad que, en su opinión, merece mayor difusión.

Con Muerte Blandita, Mario Aranguren no solo busca abrir una conversación incómoda pero necesaria, sino también demostrar que, incluso desde formatos pequeños, es posible abordar las grandes preguntas de la vida —y de la muerte— con honestidad, sensibilidad y una mirada profundamente humana.