La muestra de la Red ITINER de la Comunidad de Madrid, comisariada por Bárbara Mur Borrás, recorre los hitos que precedieron a la invención del cine y reúne piezas de la colección Mur que ilustran la curiosidad humana por la imagen en movimiento.
En 1829, un científico de nombre Joseph-Antoine Ferdinand Plateau descubrió que, cuando vemos una imagen, nuestro ojo la recuerda durante un breve instante, casi una décima de segundo. El fenómeno se conoce como persistencia retiniana y explica por qué vemos el movimiento en el cine o la televisión.

El ojo y el cerebro no captan todo al instante, sino que guardan un recuerdo de cada imagen durante una fracción de segundo. Por eso, cuando observamos una serie de imágenes fijas a gran velocidad parece que estas se movieran por arte de magia. Literalmente, ¡la magia del cine!
Ahora ya nadie se sorprende con este fenómeno, pero en la Antigüedad muchas personas se sentían atraídas por los juegos ópticos y se preguntaban si era posible capturar y reproducir el mundo que nos rodea.
La historia se remonta a finales del siglo X con la figura de Alhacén, un matemático y físico árabe que aplicó el principio de la cámara oscura para explicar la formación de la imagen visual en el ojo.
La exposición que aquí nos ocupa se centra sobre todo en instrumentos de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando varios científicos diseñaron objetos mecánicos para poner a prueba las teorías sobre la retina. Una vez que los aparatos lograron sus objetivos científicos, se convirtieron en juguetes ópticos que entretenían a niños y jóvenes de la época.

Un ejemplo de ello es el zoótropo, cuyo nombre proviene del griego “zoós” (vivo) y “tropé” (girar o movimiento), y significa “rueda de la vida”. William George Horner fue el artífice de este “juguete” en 1833 y su nombre hace referencia a la ilusión de movimiento que se genera al girar sus imágenes secuenciales, haciendo que parezcan cobrar vida.
También es ilustrativo el praxinoscopio, creado por Émile Reynaud en 1877. Funciona como un tambor giratorio, muy similar al zoótropo, pero en lugar de ranuras, incorpora pequeños espejos en su interior en los que se reflejan los dibujos. Esto supuso una mejora respecto al anterior invento, pues ofrecía una imagen más clara, fluida y estable, pudiéndolo ver incluso más de una persona al mismo tiempo.
La exhibición ofrece otras invenciones previas, como el Taumátropo (John Ayrton Paris, 1825) o el Fenaquistiscopio (Joseph Plateau y Simon Stampfer, 1832), así como algunas posteriores, véase el Folioscopio (John Barnes Linnett, 1868) o el Mutoscopio (Herman Casler, 1894).
Este contexto cambió con la llegada de la fotografía, que permitió captar momentos reales y conservarlos para siempre. No obstante, en su afán por ir un paso por delante al descubrimiento, el ser humano se preguntó qué pasaría si estas instantáneas pudieran verse en tres dimensiones.
Carlo Ponti fue uno de esos curiosos que buscó la respuesta a esta pregunta y, en la década de 1860, dio con la forma de hacerlo: el megateloscopio. Este mecanismo permitía observar imágenes a través de una gran lente, creando una ilusión óptica de profundidad y perspectiva.
El aparato funciona como una caja de óptica para fotografías translúcidas. Disponía de dos puertas laterales con espejos y una superior para hacer incidir la luz en la parte frontal de la imagen para el efecto día. Para el efecto noche, bastaba con cerrar estas puertas e iluminar la fotografía por detrás.

Y si hablando de luz os preguntáis cuál es el antepasado de nuestros proyectores, la muestra presenta en sala una linterna del tipo lampascopio (1870), es decir, que utilizaba como fuente de luz una lámpara de aceite de sobremesa. En concreto, esta pertenece al fabricante francés de linternas mágicas de uso familiar Lapierre.
Junto a ella se exhiben varias placas de diversos formatos que muestran temas científicos y didácticos, infantiles, religiosos y hasta históricos y sociales. Se pintaban a mano sobre vidrio y más tarde se imprimieron en masa para escuelas, conferencias y hogares.
Dentro de las casas también fue muy popular el visor estereoscópico (1870), un aparato que aumentaba la sensación de profundidad de la fotografía. Con él las familias podían observar paisajes y países lejanos, monumentos o momentos cotidianos.
Muy pronto esta curiosidad por ver el mundo en movimiento y de la forma más realista posible llevó a crear máquinas capaces de registrar y proyectar imágenes reales en acción. Así, de estas primeras experiencias visuales nació el cinematógrafo, pero este es un capítulo para otra historia.
El público puede visitar esta exposición itinerante hasta el 25 de febrero en el Centro Cultural Casa de la Cadena, en Pinto, pero viajará del 27 de febrero al 22 de marzo al Centro Cultural Villa de Móstoles, y del 24 de marzo al 14 de abril al Auditorio de Pedrezuela.